7/2007 – Dalmazia de peregrinos y viajeros

Academia de los Lincei y Sociedad Dálmata de Historia Patria

Dalmazia de peregrinos y viajeros

Reviven en un convenio en Roma las crónicas de los devotos y de los embajadores
que surcaron el Adriático oriental entre el Cuatrocientos y el Seiscientos

Roma. Un mar surcado incesantemente por viajeros de profesión y  viajeros por necesidad, por mercaderes, peregrinos píos, embajadores e informadores, a despecho de tempestades devastadoras, sequías desleales, piratas y enfermedades. Desde el Trescientos y hasta el siglo XVII Venecia, señora de su «Golfo», ejercitó el monopolio del alquiler de galeras para Tierra santa, meta de los devotos de toda Europa. Venecia dio vida a un verdadero «servicio de línea», dotado de un preciso reglamento que establecía las modalidades, los tiempos, las etapas, los costos. Los estudiosos han calculado que las entradas para el Tesoro público de la Serenísima garantizadas por aquel «servicio» eran poco inferiores a la recaudación de impuestos de una ciudad del tiempo como Verona.
En la galera era asignado un puesto, según la facultad de la que se disponía (en un tiempo se habría llamado de primera, segunda o sobretodo tercera clase). Para no crear confusión entre géneros Venecia prohibía la mezcla entre viajes mercantiles y peregrinaciones: los unos y los otros estaban sujetos a la variabilidad de los vientos, a los accidentes de navegación, al asalto de los salteadores del mar.
Capítulos de historia antigua, o más bien, moderna, abiertos de nuevo por estudiosos italianos y no en el bonito convenio del 22 y 23 de mayo promovido por la Academia de los  Lincei de Roma y por la Sociedad Dálmata de Historia Patria titulada La Dalmazia nelle relazioni di viaggiatori e pellegrini da Venezia tra Quattro e Seicento. Fuentes inagotables, aquellas crónicas y aquellos datos diarios a las prensas de los viajeros por devoción transformados en autores de guías para aspirantes peregrinos y astutos informadores : desde las observaciones de vestimentas exóticas encontradas a lo largo de las costas de Dalmazia y de la Albania veneta hasta la calidad o la escasez  de las cultivaciones, los peligros de las corrientes , el perfil de las ciudades y de las islas encontradas, la variedad de idiomas oídos. Un mare magnum, es el caso de decir, en el que uno se puede perder con placer, con provecho y con diversión. Los estudiosos que han intervenido en el convenio han fornido muchas anclas útiles para no naufragar en la cantidad de informaciones fornidas por las muchas ediciones aparecidas sobretodo en el siglo XVI.
De particular relevancia, entre otras muchas publicaciones, el periplo della Dalmazia de Leonardo Donà (1595), del que han tratado Marcella Ferracciolo y Gianfranco Giraudo. Diplomático veneciano, agudo observador de gentes y lugares, Donà no solo describe con riqueza de particulares las ciudades tocadas en su viaje y los caracteres de las clase – sobretodo las nobles– sino que proporciona también una especie de autorretrato del auténtico patricio veneciano de su tiempo, atento a la economía cautelosa y lejos de la exhibición de suntuosidad superflua : hasta tal punto que tiende a subrayar que los trajes de representación – enumerados con precisión-  que llevaba consigo en el viaje provienen de su armario de casa.
 Zara, Traù, Curzola, Lesina, Ragusa, son solo algunos de los centros visitados por Donà. De Curzola él notó la eminente producción de vino y de vajillas; de la nobleza de Lesina notó «la altanería» y las condiciones más bien míseras; de Ragusa – él, veneciano – extendió un elogio a sus estructuras defensivas y a su vivacidad comercial y de pueblo.
 De amplio respiro la intervención de Rita Tolomeo, un viaggio verso la Dalmazia tra pirati e tempeste, de la que hemos sacado las noticias citadas en la apertura de esta crónica. Los tiempos de peregrinación eran largos: al menos un mes y medio la ida, e incluso dos meses para la vuelta a Venecia. Las naves preferían seguir un itinerario costero mas que navegar demasiado alejadas, dada la variabilidad de los vientos fuertes que no pocas veces empujaban los navíos hasta estar a vista desde Puglia, en el mejor de los casos. Otras veces eran alquiladas por peregrinos menos pudientes , naves en desarme, para nada de confianza, que eran cargadas más allá de sus límites. En cualquier caso, se aconsejaba, antes de embarcarse, hacer el testamento: una recomendación que se hizo cada vez con más hincapié con la proliferación de los episodios de piratería, también turca, en el Adriático y con la pérdida por parte de Venecia de algunas bases importantes en el Adriático. La caída de Rodi y la expansión de la Sublime Puerta pondría después en crisis, naturalmente, el entero servicio de navegación para Tierra santa.
La batalla de Lepanto del 1571, en la que los venecianos perdieron, según las fuentes, bien 4.800 hombres encuadrados en la Liga, obtuvo también el objetivo de hacer más raras las incursiones de los piratas pero inauguró – ha recordado la profesora Tolomeo – la estación de la guerra sin bandera de Venecia a los salteadores, desde Istria hasta las costas griegas. Particularmente aguerridos y bien organizados los «uscocchi», bosnios huidos ante el avance de los turcos en los Balcanes, protegidos por los Absburgo en función anti-veneciana, hasta el punto de que las naves de la Dominante debieron equiparse, a partir del siglo XVII, de artillerías. Los peregrinajes vía mar hacia los lugares santos fueron cada vez más arriesgados, tanto que se empezaron a recorrer las antiguas vías de tierra, y al puesto de Palestina, se empezó a preferir Roma.
 De particular interés también, entre los otros, las intervenciones de Milorad Pavic, La Dalmazia in alcuni libri di viaggio di italiani del Cinquecento, el estudioso ha examinado con competencia sus impresos, y de Smiljka Malinar, Ragusa nelle descrizioni di viaggiatori italiani del Quattrocento e Cinquecento, una erudita examina algunos de los muchos textos conservados, de los cuales emerge la diversa proveniencia de los peregrinos, obviamente no sólo venecianos o italianos. A los píos viajeros se les pedía el llevar consigo dos bolsas: una llena de dinero, la otra colma de paciencia. Por otra parte la peregrinación era una expresión de devoción y de contrición, y algo hacía falta gastar para esperar volver.

Patrizia C. Hansen
(traduzione di Marta Cobian)