2/2007 – El recuerdo del doloroso pasado para construir un futuro mejor

Una intervención de Paolo Barbi

El recuerdo del doloroso pasado
para construir un futuro mejor

   Con ocasión del Día del Recuerdo 2006 el consejero honorario de la ANVGD, Paolo Barbi, ha publicado un artículo que aquí reproducimos.
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27 enero: Memory day del Shoah. 10 febrero: Día del Recuerdo de las Foibe. ¿Hay una unión entre los dos acontecimientos? Creo que si. Los dos – aún en las tan diversas dimensiones: europea o mundial el primero, regional o al máximo nacional el segundo – representan la intención de no olvidar nunca las ignominiosas manifestaciones de maldad inhumana en que se concretaron las aberrantes concepciones culturales y políticas de la limpieza étnica, producidas y alimentadas por el exasperado nacionalismo del ochocientos-novecientos. Sobre el altar del ídolo “Estado nacional” – hecho omnipotente por los totalitarismos nacista y comunista – se retiene el deber sacrificar no sólo los derechos sino hasta la dignidad humana y la vida misma de las minorías que “contaminaban” la pureza y la uniformidad del pueblo dominante. Fueron víctimas a millones hebreos, gitanos y otras minorías en Alemania; a decenas de millones kulakos y tártaros, exponentes religiosos y disidentes políticos en URSS. Y también a centenares de millares los italianos del otro lado del Adriático: muchos torturados, fusilados y “enfoibados”, casi todos los demás obligados al “exilio en patria”. De Pola y de toda Istria, de Fiume y de Carnaro, de Zara y de Dalmazia se huyó con todos los medios y a menudo arriesgando la vida: por miedo de las persecuciones, claro, pero también y en la mayor parte de los casos para sustraerse al régimen totalitario de Tito (que aquel terror había intencionalmente creado), para mantenerse libres, para continuar siendo italianos y cristianos, para mantenerse fieles a la Patria.
   Pero los asuntos políticos de aquellos años, la situación internacional, los condicionamientos de la “guerra fría” hicieron de aquella Madre Patria anhelada, por la cual se había sacrificado todo, una madrastra. Obligada a cerrar rápidamente la “cuestión adriática” – porque Tito debía ser halagado y alentado en la ruptura con Moscú – Italia fue inducida a alejar el problema de los desterrados giuliano-dalmatos, y hacerlos olvidar. Y esto fue el aspecto más doloroso del exilio: sentirse ignorados en las propias exigencias materiales y en los propios derechos, y aún más, cancelados de la memoria del propio pueblo.
   Pero ahora, muerto Tito y trágicamente disuelta Yugoslavia, fallido el comunismo y radicalmente cambiados los equilibrios – ¡o los desequilibrios! – internacionales, se ha podido romper aquel silencio y hacer revivir aquel recuerdo. Hasta el punto de obtener – antes de que la ONU codificase el “día de la memoria” del Shoah – que ya el año pasado el Parlamento italiano votase por unanimidad una ley para fijar “el día del recuerdo” del éxodo giuliano-dalmato aquel 10 de febrero de 1947 en el que fue firmado en Versalles el Tratado de paz que había señalado la “pérdida de las tierras del Adriático oriental”.
   ¿Pero cómo vivir este día? ¿De qué modo hacer que las raíces de la memoria histórica nazcan y venga alimentada la planta de la vida actual y futura? Sobretodo yo creo que los pocos supervivientes de los desterrados deben liberarse de la fuerte y humanamente bien comprensible tentación de las recriminaciones sobre los sufrimientos y sobre las renuncias de entonces y también del noble pero estéril sentimiento de nostalgia por sus tierras. Después querría que se renunciara a las insoportables especulaciones políticas que algunos partidos han hecho y hacen sobre este trágico asunto y que, más bien, se tomase la ocasión para reflexionar sobre las ruinosas teorías y prácticas de los contrapuestos nacionalismos con sus séquitos de sueños de reconquistas, de propuestas de venganzas, de explosiones de odio y de violencia.
  Estamos a medio siglo de distancia de nuestra tragedia: hoy no sirve recriminar, ni proyectar venganzas de ningún tipo. Hace falta una reflexión histórica que abandone la pretensión de condenar o de defender, y se proponga, en su lugar, el comprender las razones de aquel conflicto y de los trágicos acontecimientos de los que hemos sido actores y víctimas. Se necesita entender los errores y las responsabilidades de una y otra parte, para poder ir más allá y para rescatar aquellas laceraciones y aquellos sufrimientos de nuestra gente, para hacer madurar en la nostalgia del pasado la esperanza del futuro.
“Ir más allá” para construir realistamente, concretamente el futuro de la presencia italiana sobre la orilla oriental del Adriático – que ha sido producida y alimentada no con la fuerza de las armas, sino con los valores de la cultura y de los comercios. Es una cosa posible hoy – caída la “cortina de hierro” y realizada,  para nuestra fortuna, la esperada “utopía” de la extensión de la Unión Europea también a los países de la ex Yugoslavia – hoy es efectivamente posible porque se ha abierto la vía a aquellas relaciones humanas pacíficas y a aquellos intercambios culturales y económicos que habían caracterizado la vida de todos  los pueblos de los dos lados del Adriático por muchos siglos, antes de que fuera envenenada del más nefasto nacionalismo.                      
Paolo Barbi

(traduzioni di Marta Cobian)